Andreas Brehme, autor del penalti que dio a Alemania su tercer Mundial en Italia 1990, pasó de campeón del mundo a limpiar baños y se encuentra arruinado.
Beckenbauer, otro grande de la selección, ha pedido ayuda públicamente a favor del ex jugador.
Si alguien diría -en el caso de que sea posible- que Iniesta, después que se retire, pasados 24 años de su gol en Sudáfrica, acabe limpiando retretes para comer, pocos le creerían.
«¿Lo dices en serio?», diría alguno.
«Es imposible», afirmaría otro.
Sin embargo, es eso, precisamente, lo que le pasó a Andreas Brehme, autor del gol que dio la victoria a Alemania frente a Argentina en el Mundial de 1990.
Fue suya la responsabilidad de tirar el penalti, la presión y la gloria.
Su nombre quedó grabado para siempre en libros, pero ahora, a sus 53 años, ha vuelto a la portada de periódicos, esta vez por un motivo muy distinto: el ex jugador está arruinado y debe 200.000 euros.
Brehme nunca se imaginó que tendría que pedir dinero a sus ex compañeros de la selección para lograr sobrevivir.
Se encuentra en el peor momento de su vida.
Sin empleo fijo hace ocho años, cuando dejó su puesto como entrenador del Stuttgart, se encuentra casi en la indigencia, a punto de perder su casa y obligado de devolver 200.000 euros que adeuda.
Para que esto no ocurra, el mismo Beckenbauer ha salido a su rescate:
«Tenemos la responsabilidad de ayudar a Andreas. Él hizo mucho por el fútbol alemán, le dio un título y ahora es turno de devolverle todo aquello.
Quizás podamos crear un fondo para proteger a esos jugadores que tienen problemas».
La llamada tuvo efecto.
Straube, otro ex futbolista, que jugó cuatro años en Bundesliga, le ha ofrecido trabajo como limpiador para que pueda pagar su deuda:
«Estamos dispuestos a emplearlo como ayudante en nuestra empresa. Allí se enterará lo que es trabajar de verdad, haciendo el aseo de los sanitarios e inodoros. Eso le servirá para enterarse de cómo es la vida y mejorar su imagen».
Brehme todavía tiene que decidir si optará por trabajar limpiando.
Lejos quedaron sus gloriosos años como futbolista.
De poco valen ahora sus tres mundiales jugados (1986, 1990 y 1994) o la importancia de aquel gol de penal que nunca debió subir al marcador.
«No fue pena máxima», confesaba el defensa en 2006.
Lo que lo convirtió en leyenda y en uno de los mejores defensas del continente, vistiendo las camisetas de Bayern de Múnich, Inter de Milán y Zaragoza entre otras.
Vivió un sueño del que ahora despertó de golpe.

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