La pregunta es por qué los adultos no recuerdan su vida antes de los 5 años ya que los recuerdos recién desde los 6 hasta los 13, comienzan a solidificarse con más fuerza en la memoria.
Intente acordar de cómo eran los veranos cuando tenía tres o cuatro años. Tómese medio minuto para reflexionar. ¿Ya? Probablemente, habrá sido capaz de recordar la casa del pueblo o el apartamento de la playa, a algún amigo de infancia cuyos rasgos se confunden y, quizá, cierto episodio intrascendente que no sabe muy bien por qué lo recuerda.
Muchos pensarán que este olvido se debe a que aquello ocurrió hace mucho tiempo no sucede así en nuestra adolescencia y juventud.
La amnesia infantil, nombre que recibe este olvido que abarca hasta los cuatro o cinco años de edad, no se trata de una cuestión de distancia temporal, sino de que, por diversas razones, la memoria autobiográfica de los niños es frágil.
Diversas teorías han intentado resolver el enigma que planteó por primera vez Sigmund Freud en el año 1910.
Durante décadas, como explica Kristin Ohlson en un artículo publicado en Aeon Magazine, la teoría más extendida es que si los adultos no recordaban su infancia, era porque los niños no generan recuerdos.
Pero la realidad era mucho más compleja.
En el año 1987, un estudio realizado por Robyn Fivush, psicóloga de la Emory University, demostró que los niños sí crean recuerdos, sólo que estos desaparecen llegado a determinado momento de sus vidas.
Los niños de apenas dos años y medio eran capaces de dar cuenta de acontecimientos ocurridos seis meses antes, pero tiempo después, los olvidaban.
La psicóloga Carole Peterson, del Memorial University de Newfoundland, ha realizado estudios durante las últimas décadas que dan la respuesta.
Gracias a ella, sabemos que, a partir de los 6 años y hasta los 13, la mayor parte de los recuerdos comienzan a solidificarse con más fuerza en la memoria.
Por el contrario, los pequeños de entre cuatro y seis años apenas eran capaces de relatar pasadas experiencias, incluso aunque hubiesen sido capaces de contarlas apenas dos años antes. Simplemente, habían desaparecido de su cabeza.
La hipótesis neurológica más difundida, sugiere que si los niños no son capaces de mantener sus recuerdos es porque su cerebro aún no se encuentra lo suficientemente desarrollado.
Pero esta explicación puramente neurológica no desvela por qué nos acordamos muy vívidamente de ciertos acontecimientos y olvidamos otros.
Peterson vuelve a tener la respuesta. Al volver sobre las características de los recuerdos que los niños memorizaban durante más tiempo, descubrió que aquellos que apelaban a lo emocional podían llegar a recordarse hasta tres años más tarde.
Además, los conocidos como “densos” –es decir, aquellos que proporcionaban información de personas, lugares, tiempo, etc.– tenían hasta cinco veces más posibilidades de ser recordados que los meros fragmentos sin conexión. Al igual que lo que ocurre con la memorización de un contenido académico, aquello que se percibe como significativo o conecta con nuestra experiencia cotidiana tiene más probabilidades de ser retenido.
Martin Conway, profesor de psicología en el City University of Londres cree, de manera similar a Freud, que los recuerdos no son eliminados, sino que siguen almacenados en nuestro subconsciente y, es más, tienen una gran influencia sobre nuestra vida consciente.
La memoria no es, para Conway, una forma de retener información pura, sino el eje constitutivo de nuestra identidad.
Por ello, las personas mayores tienden a olvidar muchos episodios desgraciados de su vida: es una manera de optimizar sus recuerdos, quedándose sólo con aquello útil o que refuerce su personalidad, descartando lo traumático.

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